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Historia viva: el faro de Trafalgar

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Aparcamos el coche junto a los chiringuitos que hay a la entrada de la playa de Caños de Meca. Cargados con la sombrilla, la nevera y las toallas, nos espera un pequeño paseo al sol por las dunas de este inigualable paraje. Podríamos llegar antes si no nos detuviéramos a hacer fotos cada quince metros. Pero ni tenemos prisa ni queremos perdernos esta imponente estampa.

A lo lejos, confundiéndose con el horizonte, bailando suavemente con el reflejo del sol, nos espera el faro de Trafalgar. Ahí está él, marcando el rumbo de nuestro particular viaje con sus 34 metros de altura, erguido de una forma poderosamente atractiva a lo alto de una pequeña elevación de rocas y arena.

Desde los pies del faro, contemplamos las playas de Zahora y el Palmar a un lado. Los Caños al otro. Y justo enfrente, África, como un gigante que nos observa en silencio. Entre medio, el suave susurro del viento nos habla de un faro que, en sus 156 años de vida, ha visto romper tras de sí infinidad de olas.

Las aguas que bañan el faro de Trafalgar son bravas, violentas, como si trataran, con su fuerza, de desafiar la verticalidad de este monumento que algún día guardaba consigo un viejo y solitario farero.

Desde el faro, cientos de metros de arena nos separan de cualquier vestigio de civilización. En medio de un desierto dorado, bañado por el gran oasis Atlántico, nos encontramos perdidos, con el cielo, el mar y el faro como únicos acompañantes.

La gélida agua que baña las rocas hace lo mismo con nuestros pies descalzos. Sentados en la orilla no podemos más que contemplar esta postal, respirar hondo y dejarnos llevar por el embrujo de un rincón único en toda la costa gaditana. El faro nos abraza con su imponente sobra y nos recuerda que sigue ahí, cuidando de todo cuanto acontece a su alrededor.